domingo, 6 de enero de 2013

Semblanza Biografica A.N José Manuel Piña




José Manuel Piña nace en ciudad Ojeda un 07 de junio de 1960,hijo de la Sra. Aura Rosa Rojas y el Sr. Hermógenes Piña (padre biológico), pero quien lo criaría y le daría educación y prestaría todo su apoyo el actual esposo de su madre el Sr. Rafael La Cruz.

 José Manuel  tiene 3 hijas (Josiana culminando medicina en la ULA), Mariana (también culminando Química en la ULA) y kaissa que es la menor y culmina el 5to año de bachillerato y se encuentra casado con la Sra Ana Martinez..

En la infancia comienza a jugar voleibol y llega a ser capitán de su equipo de escuela Julio Sánchez Vivas, pero es a los 12 años de edad es cuando aprende el ajedrez por medio de unas revistas que encuentra en casa de su abuela materna en Lagunillas Edo Zulia y hasta la fecha no ha dejado de jugar al ajedrez y trabajar en su promoción. Aprende en 1972 para los años del campeonato mundial entre Fischer y Spassky.   En el liceo Ciudad de Valera, donde estudiaba se creo un club de ajedrez con la dotación y la colaboración de los representantes y la dirección. Allí comienza como campeón escolar a nivel regional hasta que logra el título de campeón de máxima del Estado Trujillo a los 18 años.

“En esa época había muy pocos recursos para viajar a nacionales así que viajé muy poco y fue lo que motivó a convertirme en dirigente desde muy joven para trabajar en la promoción y organización del ajedrez trujillano”.

“De hecho, cuando asumí la presidencia en 1986 no teníamos sede ni donde jugar y prácticamente no había atletas. Pero con la ayuda del gobernador de esa época conseguimos una primera sede provisional en la Casa del Deporte y es en 1996 aprovechando los Juegos Nacionales Juveniles conseguimos nos construyeran nuestra sede propia que tenemos hoy día y que se llama Casa del Ajedrez Aleidi Martínez.”

“Asumí el arbitraje con seriedad a partir de los Juegos Nacionales Juveniles de 1996 y el Campeonato Panamericano Sub 20 donde trabajé con Lázaro Cotilla, Geber Díaz y con otros notados árbitros nacionales de Venezuela. Desde entonces he organizado y arbitrado los Juegos Nacionales  Andes 2005, y un número que no recuerdo de campeonatos nacionales infantiles, cadete-junior, sub 20 y de máxima categoría. El último de Máxima en el que trabajé con José Gauna y Cotilla fue en el 2010. Pero también estuve en los Juvines de San Felipe que también se jugaron en el 2010. Y por supuesto he sido Director Técnico en 4 Nacionales Escolares, JUDENAMU y eventos nacionales de todo tipo.”

¿A quien consideras tu mentor en el arbitraje?

Aprendí mucho de Geber Díaz porque respetaba mucho su trabajo desde que lo conocí y trabajamos juntos a finales de los 80, pero con quien profundicé en los secretos del arbitraje fue con Lázaro Cotilla quien vino a Valera a dirigir el Panamericano y los Juegos Nacionales del 96 Con él aprendimos y tecnificamos el arbitraje y por eso lo considero mi maestro hasta el día de hoy porque siempre lo invito para que me ayude en eventos importantes como los últimos IRT que hemos hecho en Valera por ejemplo. Pero también aprendí mucho del árbitro internacional carabobeño Jesús Salazar quien ha sido un gran amigo de muchos años...

¿Qué es el arbitraje para José Manuel Piña?

El arbitraje es una religión que debe asumirse con mucha seriedad y responsabilidad. Para ser un buen árbitro se requiere tener una comprensión muy especial del ajedrez competitivo y su normativa que es la que debemos hacer cumplir sin intervenir en ningún momento en el resultado final de una partida. Digamos que un buen árbitro de ajedrez es aquél que menos se siente en la sala de juego.

 A los jóvenes que quieran abrazar esta profesión les recomiendo estudiar a detalle la normativa del ajedrez, dirigir torneos y más torneos para ir descubriendo todas las situaciones sensibles de un buen arbitraje. Y por supuesto, asesorarse con especialistas en la materia que siempre te enseñarán y te guiarán por el camino correcto.

¿Anécdota que mas recuerdes?

Anécdotas creo que miles en este largo camino del ajedrez, pero hace unas semanas atrás hicimos aquí en Valera una Válida Blitz con 3 grandes maestros y algunos maestros internacionales venezolanos. Teníamos sólo mediodía para hacer el evento y Lázaro y yo estábamos presionados con las inscripciones y el llenado de la base de datos en el SwissManager. Cuando creímos haber terminado las inscripciones de manera automática hicimos el pareo sin la publicación previa de la lista de los jugadores. Algo que es obligatorio para no dejar a nadie por fuera. Pues por ese pequeño error dejamos por fuera del pareo a Remo Bassan que a la postre fue el campeón del evento. Aprendizaje: no se debe hacer un pareo sin publicar antes la lista de jugadores participantes...

¿Que es el ajedrez para José Manuel Piña?

El ajedrez ha sido para mí mi filosofía de vida. Las enseñanzas del ajedrez son infinitas y que influyen en la formación de tu carácter, en tu forma de vivir la vida, te fortalece la disciplina y sobre todo, te enseña a tomar decisiones. Si hay un deporte que te enseña a tomar decisiones en tu vida ese es el ajedrez.

El ajedrez te llena espiritualmente, te abre la mente a los secretos de la razón y la imaginación. Todo a la vez.

Pero en definitiva, el ajedrez me ha dado muchos momentos felices, me ha dado una filosofía de vida y con su estudio y práctica he tenido la oportunidad de conocer a excelentes y maravillosas personas y me ha permitido colaborar en la formación de muchos niños y jóvenes que han llegado a ser excelentes ciudadanos...

¿Pensamiento favorito?

Pienso y después actúo (se refiere a la frase “pienso luego existo” del filosofo René Descartes)... No se quien lo diría pero creo que resume toda la filosofía del ajedrez

Aunque siempre fui partidario de las palabras de Fischer: "El Ajedrez es la vida..."

A continuación un resumen de la carrera ajedrecística de A.N José| Manuel Piña.

Maestro Latinoamericano de Ajedrez de la ICCF

Con Norma de Maestro Internacional

Arbitro Nacional de la FVA

Con Norma de Arbitro Internacional FIDE

José Manuel Piña ha sido atleta, dirigente, entrenador y árbitro nacional de la FVA con norma internacional FIDE, además de ser reportero deportivo y locutor.

Se inició en el ajedrez a la edad de 12 años y a los 15 fue campeón escolar del estado Trujillo.

Fue Campeón Juvenil de Trujillo en 1978 y primer capitán del equipo trujillano a los I Juegos Deportivos Nacionales Juveniles San Cristóbal de ese mismo año, pero por falta de presupuesto, el equipo se quedó con las maletas hechas.

Ese mismo año, el equipo trujillano capitaneado por Piña logró la medalla de bronce en el Campeonato de los Juegos Deportivos Nacionales de Centros Juveniles en Caracas bajo el mando del profesor Oscar Hernández.

Campeón Estadal de Máxima categoría en 1978 y 1979.

Medalla de Oro en los Juegos Laborales de la Zona Andino-Occidental junto a los recordados y ya fallecidos Pedro Reyna y Juan Araujo.

Entrenador y delegado en los Juegos Deportivos Nacionales: Sucre 95; Judenatru 96; Yaracuy 97; Aragua 99; Lara 2001; Cojedes 2003, Llanos 2007 y Carabobo 2011 con más de 30 medallas entre oro, plata y bronce obtenidas por sus atletas.

Capitán Campeón Nacional de la categoría cadete-junior con la selección Trujillo Lara 2001.

Miembro de la Selección de Venezuela en la XV Olimpiada Mundial de Ajedrez a distancia de la ICCF (Internacional Chess Correspondent Federation) donde logró 2do lugar en su tablero obteniendo la I Norma de Maestro Internacional de Ajedrez ICCF. 2004.

Selección de Venezuela en la XVII Olimpiada Mundial de Ajedrez a Distancia de la ICCF. Año 2007.

Selección Venezuela en el Campeonato Panamericano por Equipos de la Confederación Postal de Ajedrez de las Américas 2005 y de los Campeonatos Zonales Latinoamericanos de la ICCF.

Organizador y Técnico en el I Campeonato Panamericano de Ajedrez Sub 20 realizado en Trujillo en 1996 con 11 países de América.

Asumió por primera vez la presidencia de la Asociación Trujillana de Ajedrez en el año 1986 y desde entonces ha rotado en diferentes cargos como la secretaría general en varias oportunidades. Será presidente hasta el año 2013, época en que se realizarán nuevas elecciones por el inicio del nuevo ciclo olímpico.

Como reportero gráfico ha obtenido 11 premios de periodismo deportivo a lo largo de toda su carrera profesional.




 


 


jueves, 3 de enero de 2013

El Jaque por: Teodoro R. Freitman




JAQUE

Fue un tablero aquél, tu amor, y la jugada
fue la vida que perdi por un momento.
Me encerraste entre torres escarpadas
y acosado por corceles de desprecio
batallé como un rey enardecido
pero el jaque estaba dado...
... y caí muerto.


fotografia: Marcos Hernández.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

EL REY NEGRO POR JUAN JOSE ARREOLA




Fotografia: Marcos Hernandez

EL REY NEGRO
Por Juan José Arreola

Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.

Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental...

Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja... Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después...

Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.

El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.

Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.

La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre.

Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?

Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.

Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El tablero de ajedrez








Ángela llamó al timbre. La muchacha, de apenas dieciséis años, estaba un poco nerviosa pues era la primera vez que hacía una cosa así y tenía miedo de que hubiera ido a topar con un pervertido de esos que se hacen pasar por artistas o fotógrafos. ¡Había escuchado tantas historias! Pero necesitaba el dinero y llamó de nuevo.
De pronto, la puerta se abrió con brusquedad y apareció un anciano enclenque y arrugado. Parecía sacado de una película de terror. El hombre no dijo nada, y se limitó a mirar fijamente a la chica. La muchacha tragó saliva y preguntó por el anuncio, señalando el periódico. El anciano, asintiendo con la cabeza, la hizo pasar con un gesto. Ángela vaciló por unos instantes, pero acabó entrando. No podía elegir. Necesitaba el dinero.
El anciano, con paso tembloroso pero decidido, la llevó por un largo corredor que parecía no acabar nunca. Infinidad de cuadros, de todos los tamaños y estilos, decoraban unas paredes rancias y amarillentas. El aire estaba algo viciado y despedía un cierto hedor a naftalina. Parecía un viejo museo con toda clase de bodegones, paisajes y retratos antiguos en los que, misteriosamente siempre aparecía el ajedrez como tema pictórico. Finalmente llegaron ante una puerta carcomida por los años y el anciano, abriéndola de par en par, la invitó a pasar. La muchacha obedeció, con algo de miedo, pero acabó pasando, una vez dentro, Ángela pudo observar una sala grande, perfectamente iluminada por los rayos de luz que se filtraban a través de unos anchos ventanales. La sala, con manchas de pintura en el suelo, estaba repleta de cuadros, cientos de cuadros y todos ellos de ajedrez. También había varios caballetes y flotaba en el ambiente un inconfundible olor a aguarrás y trementina. Sin duda, era el estudio de un pintor, aunque un pintor muy singular.
El anciano se presentó como Andrés Velasco y, señalando sus cuadros le confirmó que era pintor y aficionado al ajedrez. Ángela le dio la mano cortésmente y se presentó aunque, por supuesto, omitió el hecho de que fuera menor de edad. Tenía miedo de que el anciano, al saberlo, la echara de su casa sin haber visto un céntimo.
Andrés le comento que, como a todo buen pintor figurativo, le convenía practicar el dibujo del cuerpo humano. Por esa razón había puesto el anuncio en el periódico. El pintor se sentó tranquilamente en su silla, llenó el caballete con varias hojas en blanco y, tomando un pequeño carbón, mandó a la chica que se desnudara.
Ángela, algo avergonzada por su inexperiencia, fue desvistiéndose y finalmente, quedó desnuda por completo. La muchacha con sus largos cabellos rubios y una piel fina y delicada, ofrecía al anciano un bello espectáculo. Andrés ni se inmutó. Ángela, roja de la vergüenza, no sabía qué hacer ante su espectador, pero el anciano, con algo de paciencia, le indicó qué posturas debía buscar y empezó a llenar sus hojas con rápidos esbozos. El hombre escrutaba cada curva y cada pliegue con la máxima profesionalidad mientras la muchacha permanecía quieta, como una estatua.El anciano le comentó que entonces que era bueno ser rápido en la toma de bocetos porque si no, el sol variaba su posición y el juego de luces y sombras cambiaba por completo, arruinando el dibujo. La muchacha atendía con curiosidad a las explicaciones de Andrés ya que el mundo de la pintura le parecía fascinante. En cambio, durante los inevitables y largos silencios, la joven tenía que contentarse con algunas miradas de reojo al desordenado estudio del pintor. Había infinidad de telas sin estrenar, bocetos de pintura, pinceles siempre remojados y un tablero e ajedrez con las piezas desparramadas por el suelo.
Terminada la sesión, la muchacha se acercó al anciano, con curiosidad para ver los bocetos que éste había tomado, pero el pintor escondiéndolos, se negó en rotundo y le dijo que jamás enseñaba sus borradores a nadie. La joven protestó, sorprendida por la negativa, pero el viejo Andrés se mostró inflexible. Pagó a Ángela lo convenido y quedaron para la siguiente semana.
La segunda sesión fue mucho más cómoda para Ángela, que empezó a acostumbrarse ya al hecho de permanecer desnuda bajo la atenta mirada del anciano. En cierto sentido, la enorgullecía ser la musa de un pintor. Mediante sus cuadros, ella sería eternamente mirada en los museos. Era lo más cercano a la mortalidad. ¿Qué más podía pedir?.
Mientras trazaba sus esbozos, Andrés le confesó que sus dos grandes pasiones eran la pintura y el ajedrez. Tal revelación no sorprendió demasiado a la chica, que había percibido ya esa extraña veneración que el anciano sentía por el ajedrez. Andrés, improvisando una clase, le explicó qué, desde muy antiguo, el ajedrez había sido fuente de inspiración de inspiración para multitud de artistas y artesanos. De la edad media, por ejemplo, se conservaban todavía numerosas miniaturas en las que aparecían damas y caballeros jugando al noble juego. Sus favoritas, eran las del libro de Alfonso X el Sabio reflejaban aspectos esenciales del juego. En tono de mofa, relató a la muchacha que, en más de una ocasión, los pintores, completos ignorantes del ajedrez, pintaban mal el tablero equivocado, las casillas o la posición de las piezas. ¿Era posible tanta majadería? Juan Gris o Kandisnky habían hecho algo parecido perro lo suyo era algo mucho peor. Esa gente, vanguardistas de la peor calaña, lo hacían a propósito para degenerar el arte. El hombre frunció el ceño y enarboló su carboncillo en alto mientras explicaba todo esto. La muchacha, notando el enfado del viejo, tuvo que hacer grandes esfuerzos para contener la risa. Andrés parecía un hombrecillo muy simpático pero, cuando hablaba de ajedrez, su carácter adoptaba un tono muy reaccionario, casi fanático.
Finalmente, cuando las sombras empezaron a alargarse con el ocaso del sol, Andrés dio por concluida la sesión. Ángela intentándolo de nuevo, puso carita de niña buena y suplicó ver los bocetos, pero el viejo, terco como una mula, volvió a negarse y los guardó en una carpeta. Resignada, la muchacha recogió su dinero y se marchó una vez más, sin ver croquis alguno.
La siguiente sesión deparó a la joven un interesante descubrimiento. Mientras estaba posando, la muchacha sintió ganas de ir al baño. Avergonzada, preguntó al anciano por el servicio y éste, suspirando hondamente, le indicó la dirección. Segunda puerta a la derecha. Ángela abandonó su puesto, y, sin vestirse, fue al baño.
Pero, fuera por los nervios o por casualidad del destino, se equivocó de habitación. Ángela, abrió la puerta y, sorprendida, halló una mole oculta bajo una gran sábana. Llena de curiosidad, la joven apartó la sábana y he aquí lo que vio: un extraño e inmenso lienzo, de varios metros de largo. Desconcertada, retrocedió varios metros para contemplarlo mejor. Pintadas en el cuadro, había una gran cantidad de piezas de ajedrez, centenares o quizás miles, que se acumulaban en total desorden y variedad, sobre un suelo similar al de un tablero de ajedrez. Había piezas de todos los estilos y tamaños pero por mucho que uno las examinaba, no era capaz de encontrar dos piezas del mismo juego. La muchacha estaba perpleja, devanándose los sesos por encontrar un sentido a todo aquello. De pronto, el frío tacto de una mano en su hombro la devolvió a la realidad. Asustada, la muchacha lanzó un grito aterrador pero rápidamente se calmó cuando comprobó que era Andrés. Le indicó la puerta correcta, Ángela pidió perdón varias veces y, dando saltitos, corrió hasta el baño mientras el anciano volvía a cubrir el lienzo.
La muchacha, sentada en el baño, todavía se preguntaba la razón de tanta pieza cuando sintió un escalofrío al intuir que era observada. Miró alrededor buscando agujeros de fisgón pero, al no encontrarlos, supuso que solamente eran imaginaciones suyas.
De regreso al estudio. Ángela halló al pintor en su silla, con el carboncillo en la mano. La muchacha retomó la postura lo mejor que pudo y ambos continuaron la sesión. Andrés rompió el silencio, le explicó que el mural que había visto sería su obra maestra. Era un proyecto en el que venía trabajando desde hacía muchos años. Ángela se entristeció al comprobar que, en su obra maestra el pintor no había contado con ella pero Andrés, con un extraño don de la oportunidad, le comentó que algún día ella formaría parte de la obra. La muchacha sonrió con orgullo, felicitándose de ser su musa, su fuente de inspiración. Su rostro se haría famoso y aparecería en miles de libros y reproducciones. Todos admirarían al fin su belleza. Complacida. Ángela se abandonó a sus fantasías más íntimas.
La noche extendió su negro manto y, falto de luz, el pintor decidió parar. La muchacha recogió sus ropas y se vistió rápidamente mientras el viejo, contando los billetes, pagaba generosamente a la muchacha. Ángela, dándole un beso en la mejilla se marchó feliz. Era su musa.
La semana siguiente, Ángela llegó risueña, dispuesta a posar para su pintor, y se desnudó por completo. Pero esta vez, el anciano no cogió los carboncillos. Preparó el tablero de ajedrez y dispuso las piezas en formación de salida. Andrés propuso a la muchacha jugar una partida de ajedrez y, para ser más persuasivo, le aseguró que si Ángela ganaba, haría una excepción y le mostraría los bocetos.
La joven deseosa de verse en el papel, aceptó aunque reconoció que apenas sabía mover las piezas. El hombre soltó una carcajada y le dijo que no se preocupara. Jugarían al ajedrez como solían hacer el pintor Marcel Duchamp y su modelo Eva Babitz. Aquello interesó a Ángela, ilusionada con la idea de ser “su modelo”, y pidió a Andrés que le contara más detalles sobre ambos. El anciano, avanzando la pieza en el tablero, le contó que Marcel Duchamp fue un pintor muy famosos que acabó dejando la pintura para centrarse en el ajedrez. Tal era su obsesión que la magia del tablero acabó centrando todos sus anhelos y Duchamp sacrificó la pintura a favor del ajedrez. Ángela se preocupó, no podía evitar pensar que ocurriría con ella si le sucedía lo mismo a Andrés. Como si adivinara sus pensamientos, el anciano dijo que no compartía la actitud e Duchamp y sentenció que la pintura y el ajedrez eran dos formas compatibles de arte. Es más, consideraba que podían fundirse.
Finalizado el discurso sobre Duchamp, la muchacha esperaba un relato sobre Eva Babitz, la misteriosa modelo, pero Andrés no añadió nada más y se limitó a ir ejecutando sus jugadas. Armándose de valor, Ángela preguntó a Andrés sobre Eva. El anciano molesto por la interrupción, aseguró que le contaría la historia en otra sesión. Ángela captó la indirecta y guardó silencio.
Para Andrés el tablero se convertía en un improvisado lienzo y, sobre él, las jugadas se deslizaban como suaves pinceladas en una tela. Constituían un sella de identidad. Así durante el intercambio de movimientos, los jugadores plasmaban su esencia en el tablero y se fundían con el otro. Por eso consideraba de vital importancia esa partida. Andrés había estudiado a fondo la expresión corporal de la muchacha y había averiguado muchas cosas sobre ella pero necesitaba contemplar su investigación. Conocía al dedillo su cuerpo de adolescente, esbelto y delicado. También conocía sus gestos, la mirada tímida y esquiva, casi sumisa, el coqueto balanceo de sus caderas, su discreta sonrisa, pero necesitaba algo más. El ajedrez plasmaría la personalidad de la chica y por fin tendría acceso completo a ella. Sólo así podría pintarla con absoluta exactitud.
Ángela pintó lo mejor que supo. No quería defraudar al pintor. Fue avanzando las piezas con optimismo juvenil pero la experiencia de su viejo y canoso rival pronto decantó la partida. La muchacha permanecía tan absorbida por el juego que ni se había tomado la molestia de volver a vestirse. Permanecía ante el anciano, reclinada a la manera goyesca, sobre un costado. Viendo que la joven demoraba su respuesta, Andrés optó por analizar el juego de la muchacha. Sus jugadas desprendían vitalidad y energía. No había duda de que, más que ganar, la chica lo que quería era impresionarle. Eso resultaba interesante. No le importaba ganar o perder. Sólo quería quedar bien, ser una digna rival. Incluso ahora, al borde de la derrota, retozaba confiada ante el tablero, confiada en la victoria del pintor. Tenía tan asumida su derrota que cuando Andrés anunció el mate, la chica se limitó a sonreír y a alabar la sabiduría del anciano. En ese instante, Andrés supo que ya era suya. Sin saberlo, Ángela le había confiado sus secretos más íntimos.
Satisfecho, el pintor llenó su paleta de colores, cargó con su maleta de bocetos y, esgrimiendo un fino pincel, indicó a la muchacha que lo siguiera. Había llegado el momento de pintarla en su obra maestra. Ángela, ilusionada por completa, siguió al anciano hasta la habitación que contenía aquel gran lienzo. ¡Por fin alcanzaría renombre! ¡Sería su musa!.
Ya en la habitación, el anciano apartó la sábana y dejó al descubierto el inmenso cuadro. Mandó a Ángela situarse detrás del lienzo pero a la vista del pintor. Ella eligió la pose que creyó más conveniente y permaneció inmóvil bajo la atenta llamada mirada de Andrés. Había llegado el momento que tanto había estado esperando. Los hados, por fin, se habían decantado en su favor.
El pintor abrió su carpeta y examinó detenidamente los esbozos. Embadurnó su pincel y comenzó a pintar con gran rapidez. La muchacha sintió entonces un fuerte hormigueo en todo el cuerpo. ¿Se le habían dormido las piernas?. Sería el frío. Más cuando quiso darse cuenta, contempló con horror que ya no tenía piernas. Convertidas en una masa blanquecina y amorfa, ahora formaban una endurecida base cilíndrica. Aterrada, quiso gritar pero no pudo. Tampoco tenía boca. Una corteza blanca y fría estaba invadiendo sus miembros, recubriéndolos, transformándolos. Lo último que pudo contemplar, antes de perder la visión, fue un suelo escaqueado y, a su lado, cientos y miles de piezas que se acumulaban en total desorden y variedad. Agotadas sus fuerzas, Ángela palideció y, vencida por el esfuerzo, se apagó.
El viejo examinó con satisfacción la obra. Ese pequeño peón blanco, fino y delicado, encajaba perfectamente con el resto de la composición. Apilado junto a tantas piezas, lograba mantener su propia personalidad. Despedía candor y confianza. Andrés sonrió.
El mundo era un tablero maravilloso en el que todos nosotros vagábamos como piezas.
Andrés regresó de nuevo al estudio y miró fijamente su reloj de pulsera. Parecía tener prisa. Puso el pincel en remojo y guardó la paleta. Observó por última vez los bocetos, que mostraban peones en distintos ángulos y posiciones, y los tiró a la basura. También se deshizo de las cosas de la chica. Cuando hubo recogido todo aquello, llamaron a la puerta.
Con paso tembloroso pero decidido, Andrés atravesó el largo pasillo con olor a naftalina y trementina y, ceremoniosamente, abrió la puerta.
Ante él, en el rellano, había un muchacho africano de unos veinte años. El joven se quitó su sombrero y, tras saludar educadamente, le preguntó por el anuncio...